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La Coctelera

Najat, Carme Chacón y los nuevos caminos del feminismo

Hoy en EL PERIÓDICO de Catalunya se puede leer el artículo que Najat El Hachmi ha escrito sobre el modelo de maternidad que Carme Chacón está defendiendo. Podéis encontrarlo en http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=511931&idseccio_PK=1006&h=

Estoy completamente de acuerdo en las afirmaciones de Najat respecto a lo que significa la maternidad "antes" y "después" del parto. El embarazo puede ser una época dulce o amarga, dependiendo de cómo te siente físicamente. Hay mujeres que lo pasan postradas en la cama sin poder moverse. Otras, como Carme Chacón o como yo misma, arrastran su barriga como si fuera de algodón durante ocho meses (difícilmente se pueden aguantar nueve) por oficinas, reuniones, aviones, congresos o bases militares demostrando que el embarazo puede darnos una fuerza y una energía inusitadas, aunque tengas que disimular la hinchazón de tus piernas o los dolores de espalda.

Pero después llega el bebé. Y entonces se te hinchan los pechos y se te llenan de leche, empiezas a llorar sin saber muy bien por qué y lo único que te importa es que tu niño o tu niña coma, duerma y llore lo menos posible. Y cuando te tienen que importar más cosas debes desdoblar tu personalidad, conseguir que el día dure 48 horas, dormir 2 horas al día y parecer Michelle Pfeiffer en Grease 2. Y os aseguro que hay muchas mujeres que lo consiguen. Pero, ¿a qué precio?

Creo en la libertad. Creo que una mujer debe tener derecho a elegir si quiere entregarse en cuerpo y alma a su maternidad o si prefiere organizar su casa para poder seguir atendiendo su profesión. Eso es igualdad. Pero atención, jefes que creáis que todas las mujeres podemos hacer lo mismo que Chacón: el sacrificio que está dispuesta a hacer esta catalana progresista es mucho más enorme de lo que vuestra imaginación pueda alcanzar a vislumbrar. La separación de la madre y el bebé es la primera causa de la depresión posparto, y motivo de numerosos suicidios. Los pediatras y comadronas, e incluso los tarros de leche artificial, advierten de que la mejor alimentación para el bebé durante el primer año es la leche materna. Y eso significa estar un mínimo de 20 minutos con el bebé cada tres horas.

Desde la experiencia de la maternidad, yo le diría a Carme que, si realmente quiere romper esquemas y luchar por la igualdad, haga todo lo posible por pasar el máximo de tiempo con su bebé. Llévatelo contigo. Hay empresas que empiezan a darse cuenta de que la fortaleza femenina está íntimamente ligada a la maternidad, y por eso instalan guarderías en las propias oficinas. Móntate una guardería móvil y ten a tu bebé cerca de ti. Entonces sí estarás dando un paso enorme en favor del progreso y del feminismo.

Najat dice que le gustaría ver más ministros (hombres) dando ejemplo y tomando el permiso de paternidad cuando tienen un hijo. Yo iría más allá, y digo que me gustaría ver más ministras dando el pecho a sus bebés en el hemiciclo. Eso sí sería progreso.

Me gustaría que Carme y todas las madres primerizas leyeran el libro de Laura Gutman titulado La maternidad y el encuentro con la propia sombra. Quizás esta obra esté dando en el clavo sobre el camino que debe seguir el feminismo cuando las mujeres que viven en sociedades democráticas ya han alcanzado los derechos básicos de igualdad. Creo que este debate debería empezar a sonar muy pronto en todos los medios de comunicación.

¡No mezclar!


"Había una vez un hombre que tenía un criado bastante tonto. El hombre no era tan mezquino como para despedirlo, ni tan generoso como para mantenerlo sin que hiciera nada (¡que es lo mejor que se puede hacer con un tonto!). El caso es que el hombre trataba de darle tareas sencillas para que el tonto «sirviera para algo». Un día lo llamó y le dijo: «Ve hasta el almacén y compra una medida de harina y una de azúcar. La harina es para hacer pan y el azúcar para hacer dulce, así que procura que no se mezclen. ¿Me has escuchado? ¡Que no se mezclen!
El criado hizo esfuerzos por recordar la orden: una medida de harina, una medida de azúcar, y que no se mezclen... ¡Que no se mezclen! Cogió una bandeja y fue al almacén.

Camino del almacén repetía para sus adentros: «Una medida de harina y una medida de azúcar, ¡pero que no se mezclen!»

Llegó al almacén.

-Deme una medida de harina, señor.

El almacenero metió el jarro de la medida en la harina y lo sacó colmado. El criado acercó la bandeja y el almacenero vació el jarro encima.

-Y una medida de azúcar –dijo el comprador.

De nuevo, el almacenero tomó una medida, la introdujo en el gran cajón y la sacó, esta vez llena de azúcar.

-¡Que no se mezclen! –dijo el criado.

-Y, entonces, ¿dónde pongo el azúcar? –preguntó el almacenero.

El otro pensó un rato y, mientras pensaba (cosa que buen trabajo le costaba), pasó la mano por debajo de la bandeja y ¡se dio cuenta de que estaba vacío! Así que, en una rápida decisión, dijo: «Aquí». Y le dio la vuelta a la bandeja derramando, por supuesto, la harina.

El criado dio media vuelta y regresó contento a la casa: una medida de harina, una de azúcar y que no se mezclen.

Cuando llegó el señor de la casa y lo vio entrar con la bandeja de azúcar le preguntó: «¿Y la harina?»

-¡Que no se mezclen! –contestó el criado-. ¡Está aquí! –Y, en un rápido movimiento, dio la vuelta a la bandeja... derramando también el azúcar."

De Déjame de que te cuente, de Jorge Bucay

Cuando me di cuenta de que era imposible seguir siendo dos personas y no volverme loca, decidí que tenía que intentar por todos los medios ser yo misma sin renunciar a las cosas que me hacen feliz. Salir a pasear con mi hija, jugar con ella, comprarle alimentos frescos en el mercado, cocinar para mi familia y tener una casa bonita son cosas que me producen una gran satisfacción. Pero también me gusta concentrarme, tener una tarea sobre la mesa; me motiva y me da energía tener objetivos que cumplir y acostarme por la noche con la sensación de haber hecho un buen trabajo. Me gusta tener colegas con los que compartir inquietudes profesionales, viajar sola y buscar la inspiración para nuevos proyectos.

Al terminar mi baja maternal intenté hacer lo mismo que hacen millones de mujeres en este mundo para seguir sustentando a sus familias: dejar a sus hijos a cargo de otros para poder atender un horario laboral. La empresa para la que trabajaba se encuentra a una hora en transporte público de mi casa, por lo que mi agenda diaria se podía resumir de la siguiente manera:

  • 7.00 am - Levantar a la niña, darle el desayuno y vestirla.
  • 8.00 am - Dejar a la niña en la guardería
  • 9.00 am - Llegar a la oficina, después de una hora de tren y metro
  • 18.30 pm - Salir de la oficina
  • 19.30 pm - Llegar a mi pueblo, hacer las compras pendientes y, una vez en casa, cocinar la cena para la niña.
  • 20.00 pm - Darle la cena
  • 20.30 pm - Bañarla
  • 21.00 pm - Ponerla a dormir (los que tienen niños de menos de dos años, saben que esto lleva un ratito)
  • 21.30 pm - Hacer la cena para el resto de la familia
  • A partir de las 22.00 pm - Cenar y caer exhausta en la cama.

Esto sin contar los días en los que hay que hacer lavadoras, limpiar, que tienes invitados o que tenía que alargar mi horario laboral por alguna cena de trabajo.

Visto así, estaba claro que existía un desequilibrio bestial entre el tiempo que podía dedicar a mi familia y el que pasaba en la oficina donde, aunque parezca mentira, podía descansar. Sin embargo, no podía dejar de recordar todo lo que había dejado por hacer y todo lo que me esperaba cuando regresara a casa. Sin contar con las llamadas telefónicas que recibía a lo largo del día desde casa, ya que mi madre recogía a la niña de la guardería y se encargaba diariamente de recordarme todas las obligaciones que estaba abandonando.

Mi pareja se ocupaba de la niña por la tarde, hasta que yo llegaba a las 19.30, con lo que al final de la semana nos dábamos cuenta de que nuestras conversaciones se limitaban a repasar el número de veces que la niña había hecho caca, si había comido o no y cuántas horas había dormido. Y vosotros os preguntaréis, ¿y el sexo? En fin, sin comentarios...

Así que llegó un día en que, literalmente, no podía más. Estaba físicamente agotada, emocionalmente destrozada y parecía diez años más vieja. Mi hija se enfermaba constantemente y mi relación de pareja se había deteriorado sensiblemente. En el trabajo no me sentía satisfecha de mi rendimiento y mi malhumor lo pagaban mis compañeros, por lo que ni siquiera podía disfrutar de su amistad. Y, sin embargo, sentía que ser madre era lo mejor que me había pasado en la vida...

Entonces me lancé. Dejé el trabajo, monté una oficina en casa y empecé a trabajar por mi cuenta. Y en esas estoy. Otro día os contaré todo lo que pasó cuando comuniqué mi decisión a mi empresa y a mi familia. ¿Creéis que sobreviviré?